domingo, 31 de julio de 2016

Mayo fugaz.

       Ante el destacado buen tiempo del verano de este año, me vaga por la memoria el recuerdo de una grandísima y apacible tarde en la que, además de ser la primera vez que miré fijamente a una imponente Nikon, supuso el comienzo de una sincera y recíproca amistad con alguien que actualmente significa demasiado para mí.

       Bonita y calurosa tarde del 1 de mayo bajo el inmenso y colorido sol de Salamanca. 

       ¡ Quién fuera tiempo para dar marcha atrás en sus pasos !








Estuviste para ti.

       Las maravillas que vuelan por tu cabeza, ahí, tumbado boca arriba en la cama, mientras el sueño llama a la puerta de la habitación y tu energía se apaga como la lamparita de la mesita de noche.
       Te pones a pensar que, de repente, lo que parece tan vivo, ocurrió hace mucho tiempo. Te invade la nostalgia. Sonríes. Lloras. Te das la vuelta y dejas de espaldas tu armario. Ese lugar donde aguarda el pantalón que especialmente compraste, o la chaqueta que llevabas puesta la noche que querías que nunca acabase. Ves todo tan lejano, tan inaccesible. Pero tan real. Es la historia que te persigue, la que construye el inicio de tus sueños y la indecisión de tus miedos.

       En un instante, recuerdas que has vivido demasiado en poco tiempo. Los meses se han convertido en horas, segundos. Has perdido cosas que adorabas, pero has ganado tanto. . . Has sabido reconstruirte a ti mismo, has crecido, has viajado, has estallado de rabia. Pero sobre todo, has sido valiente, has aprovechado aquel billete de tren que una vez pasó sin saber si volvería a pasar. Te has lanzado. Has aprendido mucho en ese poco tiempo. Porque lo que verdaderamente hace grande a un hombre es el ansia a conocer, las ganas de descubrir que somos más que un puñado de emociones que estalla efusivamente.

       Hoy te doy las gracias por haber sabido arriesgar. Por no arrepentirte de lo que no has podido hacer. Por haber sabido abrazarte a ti mismo cuando necesitabas el calor del abrazo que esperabas, y que nunca llegó a deslizar los brazos por tu cuello.

       Bienvenido.