Sonreír cuando te olvidaste del mundo por un minuto. Tumbado boca arriba al fin, cerrando los ojos, divagando. Una lucha a fuego contra ti mismo, ahogando aquellos fantasmas que siguen tus pasos. Llega a parecer irónico que eso que tanto te llena de vitalidad, que te hace ser tú, eso que enorgullece tu sentida visión de lo que te ha formado; acabe siendo el punto álgido que te lleva a externalizar ese grito ahogado de "se acabó".
Odio, a la vez que extraño, el transcurso lento de las horas del reloj. El perfecto silencio que únicamente interrumpe mi respiración. Me abruma la sensación de pensar. Sin más dilación, me dejo llevar. Y, durante ese tiempo, aprendo a entenderme. A ver qué hay más allá de lo que, en realidad, reluce tras los andamios de la apariencia. No soy igual, no; estoy harto de lo que muestra el espejo me quiera engañar.
Ya no me angustia cruzar la puerta y sentir el impacto de lo que intuyo que mi propia casa me depara. Es más, lo reto. Y decido buscar refugio en el paso de las hojas del libro que, a veces, pierdo por intentar imaginar mi propia historia. Tan distinta a la verdadera, pero a la vez tan semejante. Lo cierto es que es muy viva, pero tiene límites. Los que no quiero ver, pero anhelo desde la última vez que me senté en la cama a planearme a mí mismo.
Me he quedado solo, sí. Y lo estaba deseando.
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