Algún día nos sentaremos. Frente a frente, de verdad y sin complejos. Entre mirada y mirada, esquivos. Habrá tiempo para recordar lo vivido, esos días que han pasado y que nunca tendrían que haber acabado. La sensación de vacío que reina cuando se ha desvanecido y la maravillosa alegría que acontece cuando lo has tenido.
Mirando al futuro, habrá que darse cuenta que el tiempo no se ha congelado. El camino sigue su curso, así es esto: nacidos para encapricharnos, viviendo para ser desengañados.
Y mientras tanto, me queda únicamente el recuerdo del borrador que en silencio escribí aquella mañana, mientras divisaba lo que deparaba el final del camino. Ese que de verdad plasma lo que llego a haber sentido.
No pretendo que me invada la rabia que finalmente me ha estallado en la cara, de repente y sin aviso alguno. Bonito es lo que resta desde el minuto uno. Cuando nadie te ha obligado, ha crecido y con esfuerzo se ha mantenido. Los momentos irreemplazables, por los que has luchado y tanto has deseado sin querer, solo y sin pedirlo.
Porque si algo del valor que traigo se ha sentado hoy en la silla, es por querer intentarlo. Porque no me he equivocado. Porque sé que no ha terminado. Porque al fin y al cabo, lo he pensado.
Ese mal no mata la esperanza que te empujó.
Y mientras tanto, espero.
Queriendo, pero sin poder mirarte a los ojos.

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